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El Banquete. Platón. Epub

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El Banquete. Platón Pdf

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El regreso del hijo pródigo. J. M. Nouwen. Pdf

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Balada de pájaros cantores y serpientes. Suzanne Collins Pdf

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Balada de pájaros cantores y serpientes. Suzanne Collins Epub

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El retrato de Dorian Gray. Oscar Wilde Pdf

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El poder de las palabras. Mariano Sigman Pdf

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La cabaña del Tío Tom. Harriet Beecher Stowe

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Momo. Michael Ende Pdf

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Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Haruki Murakami Pdf

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Espacio de convivencia en el que compartimos

experiencias de lectura y técnicas para desarrollar

la capacidad de atención, análisis y retención.


ENCUENTROS ANTERIORES: 

El Hombre En Busca De Sentido Viktor Frankl Pdf

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Saramago Jose El Evangelio Segun Jesucristo Pdf

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Fotografías del encuentro: 


Un Mundo Feliz Pdf

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  • La lectura aumenta la comprensión, la atención, la observación, la concentración y la reflexión.
  • La lectura fomenta el pensamiento crítico. 
  • La lectura ayuda a la memoria de las personas.
  • La lectura nos hace más inteligentes.
  • La lectura despierta la curiosidad y alimenta la imaginación.
  • Leer activa la inspiración, la imaginación y el surgimiento de ideas.

 


Fotografía del encuentro

Antoine De Saint Exupery El Principito Pdf

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Dostoievski Fiodor El Suenodeunhombreridiculo Pdf

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La Metamorfosis Franz Kafka Pdf

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El Poder De La Palabra Hablada Pdf

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Juan Rulfo Pedro Paramo Pdf

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Demian Hermann Hesse Pdf

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El Lobo Estepario Hermann Hesse Pdf

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El Extrano Caso Del Dr Jekyll Y Mr Hyde Pdf

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Godelier Objeto Y Metodos De La Antropologia Economica Pdf

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Tao Te King Pdf

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La Iliada Homero Pdf

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Juan Perez Jolote Ricardo Pozas Pdf

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El Principito Antoine De Saint Exupery Pdf

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La Odisea Homero Pdf

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Dracula Bram Stoker Pdf

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El Fantasma De Canterville Oscar Wilde Pdf

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Otra Vuelta De Tuerca Henry James Pdf

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Aura Carlos Fuentes Pdf

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Fabulas y leyendas de Japón. Yei Theodora Osaki

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UnmexicanomasJuanSanchezAndraka

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Elogio de la sombra. Jorge Luis Borges

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Kafka en la orilla. Haruki Murakami

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Jorge Luis Borges

 

EL ETNÓGRAFO

 

El caso me lo refirieron en Texas, pero había acontecido en otro estado. Cuenta con un solo protagonista, salvo que en toda historia los protagonistas son miles, visibles e invisibles, vivos y muertos. Se llamaba, creo, Fred Murdock. Era alto a la manera americana, ni rubio ni moreno, de perfil de hacha, de muy pocas palabras. Nada singular había en él, ni siquiera esa fingida singularidad que es propia de los jóvenes. Naturalmente respetuoso, no descreía de los libros ni de quienes escriben los libros.  Era suya esa edad en que el hombre no sabe aún quién es y está listo para entregarse a lo que le propone el azar: la mística del persa o el desconocido origen del húngaro, la aventuras de la guerra o del álgebra, el puritanismo o la orgía. En la universidad le aconsejaron el estudio de las lenguas indígenas. Hay ritos esotéricos que perduran en ciertas tribus del oeste; su profesor, un hombre entrado en años, le propuso que hiciera su habitación en una toldería, que observara los ritos y que descubriera el secreto que los brujos revelan al iniciado. A su vuelta, redactaría una tesis que las autoridades del instituto darían a la imprenta. Murdock aceptó con alacridad. Uno de sus mayores había muerto en las guerras de la frontera; esa antigua discordia de sus estirpes era un vínculo ahora. Previó, sin duda, las dificultades que lo aguardaban; tenía que lograr que los hombres rojos lo aceptaran como a uno de los suyos. Emprendió la larga aventura. Más de dos años habitó en la pradera, bajo toldos de cuero o a la intemperie. Se levantaba antes del alba, se acostaba al anochecer, llegó a soñar en un idioma que no era el de sus padres. Acostumbró su paladar a sabores ásperos, se cubrió con ropas extrañas, olvidó los amigos y la ciudad, llegó a pensar de una manera que su lógica rechazaba. Durante los primeros meses de aprendizaje tomaba notas sigilosas, que rompería después, acaso para no despertar la suspicacia de los otros, acaso porque ya no las precisaba. Al término de un plazo prefijado por ciertos ejercicios, de índole moral y de índole física, el sacerdote le ordenó que fuera recordando sus sueños y que se los confiara al clarear el día. Comprobó que en las noches de luna llena soñaba con bisontes. Confió estos sueños repetidos a su maestro; éste acabó por revelarle su doctrina secreta. Una mañana, sin haberse despedido de nadie, Murdock se fue.
    En la ciudad, sintió la nostalgia de aquellas tardes iniciales de la pradera en que había sentido, hace tiempo, la nostalgia de la ciudad. Se encaminó al despacho del profesor y le dijo que sabía el secreto y que había resuelto no publicarlo.
    - ¿Lo ata su juramento? -preguntó el otro.
    - No es ésa mi razón -dijo Murdock -. En esas lejanías aprendí algo que no puedo decir.
    - ¿Acaso el idioma inglés es insuficiente? - observaría el otro.
    - Nada de eso, señor. Ahora que poseo el secreto, podría enunciarlo de cien modos distintos y aun contradictorios. No sé muy bien cómo decirle que el secreto es precioso y que ahora la ciencia, nuestra ciencia, me parece una mera frivolidad.
    Agregó al cabo de una pausa:
    - El secreto, por lo demás, no vale lo que valen los caminos que me condujeron a él. Esos caminos hay que andarlos.
    El profesor le dijo con frialdad:
    - Comunicaré su decisión al Concejo. ¿Usted piensa vivir entre los indios?
    Murdock le contestó:
    - No. Tal vez no vuelva a la pradera. Lo que me enseñaron sus hombres vale para cualquier lugar y para cualquier circunstancia.
    Tal fue, en esencia, el diálogo.
    Fred se casó, se divorció y es ahora uno de los bibliotecarios de Yale.

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