Escultura Mexicana
Piedra, jade y barro: el mundo antiguo (c. 1500 a. C.–900 d. C.)
En el territorio que hoy es México, la escultura tiene más de tres mil años de historia. Los primeros ejemplos monumentales son de los olmecas, en la costa del Golfo, hacia el 1200 a. C. En los siglos siguientes, distintos pueblos trabajaron la piedra, el jade, el barro y el estuco con técnicas cada vez más variadas: tallaron bloques de basalto de varias toneladas, pulieron figuras diminutas en piedras muy duras, modelaron el barro a mano, usaron moldes para hacer figuras en serie, armaron mosaicos y crearon piezas que también eran instrumentos musicales. Estas obras cumplían funciones religiosas, políticas y funerarias: representaban gobernantes, dioses y ancestros, acompañaban a los muertos o se usaban en ceremonias.
Los olmecas: rostros de basalto y figuras de jade
Las primeras esculturas monumentales de Mesoamérica aparecen en la costa del Golfo, en lo que hoy es el sur de Veracruz y Tabasco. Se conocen diecisiete cabezas colosales olmecas: diez en San Lorenzo, cuatro en La Venta, dos en Tres Zapotes y una en La Cobata. Pesan entre seis y cuarenta toneladas o más; la de La Cobata es la mayor. Todas están talladas en basalto de la sierra de los Tuxtlas, en particular del cerro Cintepec, a decenas de kilómetros de los sitios donde se levantaron. Los olmecas no tenían animales de carga ni usaban la rueda para el transporte, así que mover esos bloques exigió una organización colectiva considerable, probablemente con ayuda de los ríos. Las cabezas de San Lorenzo ya estaban enterradas hacia el 900 a. C.
La técnica partía de golpes directos para desbastar el bloque y seguía con percutores de piedra que iban afinando la superficie. El resultado no es una cara genérica. Cada cabeza tiene rasgos propios (el grosor de los labios, la forma de los párpados, la caída de las mejillas) y lleva un tocado distinto, parecido a un casco. Por eso la historiadora del arte Beatriz de la Fuente y buena parte de la literatura las interpretan como retratos de gobernantes concretos. Es la lectura más aceptada, pero sigue siendo una interpretación: no hay inscripciones que nombren a los retratados.
La piedra se consideraba muy valiosa: al menos dos cabezas de San Lorenzo fueron talladas a partir de grandes tronos de piedra más antiguos. Una obra podía convertirse en otra.
En el otro extremo de escala está la lapidaria, el trabajo en piedras verdes como el jade y la serpentina. Estas piedras son muy duras, y sin herramientas de metal se trabajaban por desgaste: frotando durante horas con abrasivos (arena, polvo de piedras más duras), perforando con cañas o huesos que hacían girar un abrasivo y puliendo al final. Era un trabajo lentísimo, y por eso cada pieza terminada concentraba un tiempo y un saber que la hacían preciosa.
El mejor ejemplo de lo que podía hacerse con esa técnica es la Ofrenda 4 de La Venta, descubierta en 1955 por el arqueólogo Eduardo Contreras durante las excavaciones dirigidas por Philip Drucker y Robert Heizer. Son dieciséis figurillas masculinas de entre 17 y 20 centímetros, la mayoría de serpentina y algunas de jade, acompañadas por seis hachas pulidas. Se colocaron de pie, formando una escena: las figuras parecen reunidas frente a las hachas, dispuestas como una hilera de estelas. Después se cubrieron con capas sucesivas de arena de distintos colores. Se fecha entre el 800 y el 700 a. C. Lo extraordinario es que no es una escultura aislada sino una composición: alguien pensó cómo disponer los cuerpos en el espacio, qué dirección mirarían y cómo se relacionarían entre sí.
Tlatilco: el barro y la libertad de la mano
Mientras tanto en el Valle de México florecía una aldea con una tradición muy distinta. Tlatilco, en lo que hoy es Naucalpan, estuvo ocupada desde alrededor del 1200 a. C. durante varios siglos. En la década de 1930, trabajadores de ladrilleras que extraían barro comenzaron a encontrar entierros y figurillas. El artista y coleccionista Miguel Covarrubias reconoció su importancia en 1936, y en 1942 se hizo la primera excavación controlada junto con el instituto nacional de antropología. Para entonces, muchas piezas ya circulaban en el mercado. Con el tiempo se registraron más de quinientos entierros.
Las figurillas de Tlatilco se modelaban a mano, sin molde, y eso se nota. Son pequeñas y tienen una libertad formal sorprendente. Las más conocidas son las llamadas "mujeres bonitas", un nombre moderno y poco afortunado: figuras femeninas de cintura estrecha, caderas amplias, peinados elaborados y, a veces, pintura corporal. Hay también figuras de dos cabezas o con un rostro que comparte tres ojos, jugadores de pelota, bailarines, personajes con perros, músicos y un célebre acróbata que arquea el cuerpo hacia atrás. Algunas piezas muestran rasgos del estilo olmeca, señal de contacto entre regiones, aunque la mayor parte de la cerámica sigue una tradición local.
Aquí el valor creativo está en la soltura de la mano. El barro permitía algo que la piedra no: rapidez, variación, experimentación. Cada figura es una pequeña solución distinta al problema de representar un cuerpo en movimiento, un adorno o un gesto.
El Occidente: figuras para acompañar a los muertos
En Jalisco, Nayarit y Colima se desarrolló entre aproximadamente el 300 a. C. y el 400 d. C. la llamada tradición de las tumbas de tiro. La fecha final todavía se discute. En El Opeño, Michoacán, hay tumbas mucho más antiguas. Estas tumbas son pozos verticales excavados en el tepetate que desembocan en cámaras subterráneas donde se depositaba a los muertos con ofrendas. Entre esas ofrendas estaban algunas de las figuras de cerámica más expresivas del México antiguo.
Cada región desarrolló estilos reconocibles, nombrados hoy por lugares o por rasgos: el estilo Ameca, de rostros alargados y frentes altas; el de Ixtlán del Río, con figuras más esquemáticas y a veces satíricas; el Chinesco, de rostros anchos y ojos rasgados; y el de Colima, de cerámica rojiza bruñida y superficies pulidas hasta brillar. De Colima provienen los célebres perros: regordetes, sentados, dormidos, rascándose o con una máscara humana. Son probablemente la representación animal más famosa del arte prehispánico.
En Nayarit se modelaron maquetas de aldeas completas, con casas, músicos, parejas y juegos de pelota. Durante mucho tiempo estas piezas se leyeron como escenas de vida cotidiana, casi como fotografías de una aldea antigua. La historiadora del arte Verónica Hernández Díaz propone otra lectura: su realismo es aparente, y tanto las figuras que parecen tomadas de la vida diaria como los diseños abstractos expresan conceptos sobre los ancestros, la identidad comunitaria y la continuidad después de la muerte.
Se estima que la gran mayoría de las figuras conocidas, alrededor de nueve de cada diez, proviene de excavaciones ilegales, sin registro de dónde ni con qué se encontraron. Por eso fue tan importante el hallazgo de una tumba intacta en Huitzilapa, Jalisco, en 1993: por primera vez pudo estudiarse cómo se disponían los cuerpos y los objetos en su lugar original.
El Clásico: máscaras, estuco y figurillas que suenan
Entre los siglos III y IX d. C., las grandes ciudades del Clásico desarrollaron tradiciones escultóricas propias. Cuatro ejemplos muestran lo variado de sus soluciones.
Teotihuacan: máscaras de piedra. En Teotihuacan se tallaron máscaras de piedra verde y otras rocas con una geometría serena: frente recta, ojos y boca abiertos, orejas perforadas para colgar adornos. A menudo llevaban incrustaciones de concha y obsidiana en los ojos y los dientes. Se las llama tradicionalmente "máscaras funerarias", pero un estudio de la restauradora Sofía Martínez del Campo sobre 80 máscaras encontró que solo una cuarta parte tenía un contexto arqueológico documentado. Su función exacta sigue en discusión. Lo que sí revela el análisis es que las máscaras comparten técnicas y proporciones, lo que sugiere talleres especializados con una tradición de oficio muy estable.
Palenque: estuco y jade. En Palenque, los escultores mayas usaron el estuco, una pasta de cal que se modela húmeda y endurece al secar. Con él se hicieron retratos de un naturalismo notable. Bajo la base del sarcófago del gobernante K'inich Janaab' Pakal, muerto en 683, apareció un retrato suyo en estuco: un rostro con nariz prominente y un peinado alto, que muestra hasta qué punto el material permitía individualizar. En la misma tumba, descubierta por Alberto Ruz Lhuillier en 1952, estaba la máscara funeraria de Pakal. Es un mosaico de teselas de jade ajustadas sobre el rostro, con ojos de concha y obsidiana. Armarla exigió cortar, pulir y encajar cada pieza como en un rompecabezas tridimensional. La máscara se restauró a principios de este siglo, bajo la dirección de Laura Filloy Nadal. En el proceso se retiraron añadidos de reparaciones anteriores, entre ellos espuma de poliuretano y plastilina.
Jaina: retratos en miniatura. Del Clásico tardío maya (c. 550–900 d. C.) provienen las figurillas asociadas a la isla de Jaina, en Campeche. Son pequeños retratos de cerámica con un detalle asombroso en vestidos, joyas, peinados y posturas. Muchas son a la vez silbatos. Un estudio de 2015 analizó una de ellas y midió los sonidos que produce. La pieza representa a una mujer noble que sostiene un códice abierto, probablemente una escriba, con deformación craneal, escarificaciones en las mejillas y joyas finas. Es una figura que obliga a revisar la idea de que la escritura maya era un oficio solo masculino. Técnicamente combina dos procedimientos: el torso modelado a mano y la cabeza y los brazos hechos con molde, con detalles añadidos después. El análisis de su barro indica que no se hizo en Jaina, sino probablemente en las cuencas de los ríos Usumacinta o Grijalva. Jaina funcionaba también como centro de distribución y de entierro de piezas llegadas de distintas regiones.
Veracruz: rostros que sonríen. En el centro de Veracruz, durante el Clásico, se hicieron las llamadas caritas sonrientes: figuras de barro, a menudo conservadas solo como cabezas desprendidas, con una sonrisa abierta y a veces los brazos alzados. Suelen atribuirse por error a los totonacos, que son posteriores. Proceden de sitios como Remojadas, Cerro de las Mesas y Nopiloa. En un arte que tiende a representar el rostro humano de forma solemne o esquemática, la sonrisa es excepcional. Nadie sabe con certeza qué significa. Se ha propuesto que muestran estados de trance inducidos por sustancias, que representan a personajes identificados por sus tocados o que se relacionan con deidades del placer, la música y las flores. Ninguna de estas hipótesis está demostrada.
Lo que une a estas piezas
Vistas en conjunto, estas obras muestran que antes del año 900 ya existían en el actual territorio mexicano casi todas las posibilidades de la escultura:
- la talla monumental en piedra;
- la miniatura pulida en piedras duras;
- el modelado libre en barro;
- el molde para producir en serie;
- el mosaico;
- el estuco modelado;
- la escultura que suena.
También muestran un problema que atraviesa toda esta historia: casi no conocemos los nombres de quienes las hicieron, y una parte enorme de las piezas perdió su contexto por el saqueo. Lo que sabemos de sus autores lo sabemos por sus obras: por la seguridad de un corte, la paciencia de un pulido o la libertad de una mano sobre el barro.
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