México

En el territorio que hoy es México, la pintura aparece ligada al ritual y el conocimiento, como son murales en templos Teotihuacan, Cacaxtla, Bonampak, etc.), códices pictográficos mixtecos y mexicas, cerámica policroma (especialmente en el área Maya), es decir en soportes donde la imagen y la escritura forman un mismo sistema. Se pintan genealogías, conquistas, tributos, calendarios y escenas rituales. Como los dos ejemplos en las imágenes que siguen, uno de códices mixtecas y otra una vasija Maya con una escena mitológica que data de 600–800 d. C.

En el arte prehispánico no podemos hablar de “pintoras” y “pintores” como en la modernidad, sino de oficios fuertemente marcados por género. Los tlacuilos —especialistas que pintaban códices y murales— varones nobles formados en escuelas como el calmécac,, aunque las fuentes sugieren que también podía haber mujeres en ese oficio. La cerámica pintada y la escultura se producían en talleres mixtos, mientras que el gran arte visual femenino era el textil: el telar de cintura y los diseños de los vestidos, considerados un saber sagrado transmitido por las diosas.

Título: Vasija con escena mitológica Fecha:600–800 d. C. Cultura: Maya Material: Cerámica, engobe

Tras la conquista, en la época virreinal se fusionan técnicas europeas —sobre todo el barroco hispano— con temas, colores y sensibilidades indígenas, generando una escuela novohispana marcada por la pintura religiosa para retablos, conventos y cofradías. También se retrataban virreyes, élites criollas, al clero, y se hicieron una serie de pinturas de castas que representan la mezcla racial por jerarquías.

A continuación, de Cristóbal de Villalpando (c.1649–1714): Lactación de Santo Domingo y el Cuadro de Castas anónimo más famoso:

En el arte virreinal novohispano, la pintura fue un oficio formalmente masculino, los pintores reconocidos se formaban en talleres y, desde finales del siglo XVIII, en la Real Academia de San Carlos, institución que admitía solo hombres como alumnos regulares y donde figuras como María Guadalupe Moncada y Berrio (mujer de origen novohispano que se asumió públicamente como pintora y firmó sus obras) aparecen como excepciones. Sin embargo, los conventos femeninos concentraron una producción visual intensa: encargaban y a veces participaban en la realización de retratos de “monjas coronadas”, escudos de monja y otros objetos devocionales que combinaban pintura, bordado y orfebrería, integrando saberes indígenas y europeos. La pintura a continuación es un gran ejemplo de esto, muestra una monja ataviada con dichos trabajos. 

Retrato de sor Antonia de la Purísima Concepción con escudo de monja (anónimo, ca. 1777, Museo Nacional del Virreinato):

En el siglo XIX, ya en la república, la pintura se orienta a construir una imagen del país. Por un lado, el paisajismo científico y romántico de José María Velasco vuelve el Valle de México un símbolo nacional; por otro, los retratos populares y de provincia de Hermenegildo Bustos, registran la vida y las personas. 

La Academia de San Carlos admitió alumnas de forma regular hasta finales del siglo XIX; antes de eso lo que se consideraba aceptable que pintaran las mujeres eran bodegones, escenas domésticas, pequeños retratos. Entonces, mientras Velasco y Bustos construyen la “imagen oficial” del país desde el paisaje y la historia, pintoras como las hermanas Josefa y Juliana Sanromán, Pilar de la Hidalga Luz Osorio, ofrecen una visión más íntima a casas, interiores, sociabilidades femeninas y escenas de clase media que hoy nos dan un panorama más completo.

Fuera de la Academia y las exposiciones oficiales, el siglo XIX produce un enorme volumen de arte no institucional 

  • Exvotos y retablos populares: pequeñas pinturas sobre lámina o madera que narran accidentes, enfermedades, asaltos o partos, agradeciendo a una figura sagrada la intervención milagrosa. Este tipo de pintura, heredera de tradiciones europeas pero apropiada por campesinos, artesanos y clases populares, se convierte en una de las primeras formas de arte propiamente “mexicano” producida y consumida desde abajo.

  • Retratistas de pueblo e itinerantes: maestros locales que pintaban retratos y escenas religiosas para parroquias y fiestas cívicas, en paralelo al auge de la fotografía de estudio.

  • Arte devocional menor: cristos, vírgenes, santos de bulto policromados, estandartes y banderas de cofradía, escenografías para procesiones.

  • Rótulos y pintura de oficios: letreros de pulquerías, tiendas y posadas; decoración de carretas, fachadas y altares domésticos, realizados por artesanos y pintores locales. En este link puedes encontrar un capítulo de la novela histórica Noticias del Imperio, de Fernando del Paso, donde se narran las aventuras de un rotulista en la época del Segundo Imperio Mexicano (1864-1867), durante la intervención francesa.

Este mundo visual, producido por hombres y mujeres fuera del circuito académico, llena de imágenes el espacio cotidiano de la república y es fundamental para entender cómo se vivía y se “veía” el país más allá de la capital.

Tras la Revolución, en las primeras décadas del siglo XX, el Estado impulsa un programa de muralismo para educar al pueblo en su historia y sus ideales. Para esto se comisionaron a pintores y pintoras para hacer obras de gran tamaño en muros de edificios públicos con temáticas indígenas, de la conquista, la independencia, la revolución, las luchas obreras, la industrialización, la ciencia y la crítica al imperialismo. La idea era crear un lenguaje monumental, accesible y narrativo. Los y las más grandes pintoras de esta época serán los más reconocidos del país hasta la fecha. Ejemplos a continuación:

Aurora Reyes Flores

(1908–1985) es reconocida como la primera muralista mexicana, primera mujer en recibir un encargo mural oficial del gobierno; su mural Atentado a las maestras rurales (1936)  denuncia la violencia contra maestras socialistas.

José Clemente Orozco

(1883–1949) – visión crítica y trágica de la Revolución y de la historia occidental, con fuerte expresionismo.

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